domingo, octubre 08, 2017

#EnMangasDeCamisa 22


En días pasados se anunció a Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954) ganador del Premio Nobel de Literatura 2017. A propósito de ello les recomiendo #EnMangasDeCamisa una de sus novelas más famosas (y también una de las mejores que de cualquier autor he leído en años recientes): me refiero desde luego a Lo que queda del día (The Remains of the Day, 1989).

También les invito a la conferencia Chumel Torres En Vivo que organiza ZEDAL, el grupo estudiantil de debate y liderazgo de la PrepaTec Esmeralda, del que me honro en ser su tutor académico. Por cierto: hay un pase doble a sortear entre quienes respondan un par de preguntas (detalles hacia el final del episodio).

Las ideas musicales son de Peter Gabriel y David Bowie, que nos presentan sendas versiones en vivo de la icónica "Heroes", que precisamente este mes cumple 40 años de haberse presentado al público.

Como siempre: ¡muchas gracias por escuchar y compartir! Y, desde luego, ¡bienvenidos sus comentarios! :-D  



Para saber más: Facebook oficial de ZEDAL y
canal YouTube de Chumel Torres.

miércoles, septiembre 13, 2017

¡Hasta pronto, generación IB 2017!

Estimados Padres de Familia.
Queridos colegas.
Inolvidables alumnos del Bachillerato Internacional, generación 2017.
En una de las novelas que leímos, comentamos y analizamos, Vida de Pi, de Yann Martel. Revisamos algunas características básicas de la novela de viaje. Comentamos, según recuerdo, que los protagonistas de estas historias se enfrentan a condiciones adversas que deben vencer para lograr llegar a su destino. Dijimos también que en una buena novela de este género el protagonista siempre cambia, se transforma, conoce algo de sí mismo que le permite cerrar una etapa e iniciar otra.
La metáfora del viaje, desde luego, funciona a la perfección para definir el momento en el que se encuentran ahora. Han terminado un recorrido pleno de miedos y confusiones, de misterios y acertijos que parecían imposibles de resolver. En su camino han encontrado aliados y enemigos; desconocidos que les tendieron la mano y amigos que a la hora de la verdad se quebraron y dejaron de serlo. Pero también, y sobre todo, si fueron lo suficientemente afortunados en estos años, crecieron y se conocieron un poco mejor. Descubrieron habilidades que no sabían que tenían y cayeron en cuenta de que algunas áreas que creían dominar en realidad les deparaban todavía muchas sorpresas. Aprendieron y cambiaron. Se transformaron, como los personajes de las mejores novelas de aventuras.
Ahora llevan ya varias semanas de otro viaje. Uno más largo, más complicado, más retador y, espero, también más motivante. Estoy seguro de que la mayoría llegará a buen puerto, aunque probablemente será uno distinto al que prevén en este momento. Otros pocos cambiarán de barco y muy pocos, espero sinceramente que ninguno, naufragará. Pero la vida es así, y sigue siendo maravillosa.
Lo importante es que están iniciando otro viaje, y es en esta metáfora en la que deseo detenerme un momento. En la metáfora del viajero. Noten que he dicho viajero y no turista. En uno de sus últimos textos, el filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman afirmó que uno de los problemas más graves de nuestra época consiste en que los seres humanos hemos dejado de ser viajeros y nos hemos convertido en turistas de nuestras vidas. Bauman decía que los viajeros son muy parecidos a los peregrinos, en el sentido de que los mueve una búsqueda profunda, trascendente, muchas veces lenta y que exige paciencia y pasión. Los turistas, por el contrario, pocas veces se detienen más allá del tiempo necesario para tomar una selfie. No importa que frente a sí tengan una obra maestra, o un paisaje que a otro le quitaría el aliento. Lo único que desea el turista es capturar una imagen para alimentar su historia de Snapchat.
En un sentido muy similar escribe el filósofo francés Michel Onfray en su libro Teoría del viaje. Dice que al viajero auténtico lo caracteriza “el gusto por el movimiento, la pasión por el cambio, el deseo ferviente de movilidad y la furia de la independencia”. Noten por favor que estas palabras entrañan una disyuntiva fundamental: somos nómadas o sedentarios, dice Onfray, aficionados al flujo, a los transportes, a los desplazamientos o apasionados por el estatismo, el inmovilismo y las raíces. Los primeros aman la ruta, larga e interminable, sinuosa y zigzagueante; los segundos disfrutan de la madriguera, oscura y profunda, húmeda y misteriosa.
Asumiré esta tarde que pertenecen al primer grupo, al de los viajeros, simplemente porque su edad lo exige y porque no se necesita revisar sus vidas exhaustivamente para darse cuenta de que se están moviendo, de que siguen cambiando, de que la transformación no ha cesado.
Y a ustedes, viajeros de la generación IB de la PrepaTec Esmeralda 2017, deseo recordarles hoy las palabras de un poeta griego que escribió unos versos sublimes refiriéndose al más famoso de los viajeros: Ulises. Les recuerdo que, después de diez años en la guerra de Troya, Ulises tardó diez años en su viaje de regreso a casa, la isla de Ítaca. En ese camino se enfrentó a Poseidón, a cíclopes, gigantes caníbales y, desde luego, también a las sirenas. Durante el trayecto perdió a todos sus amigos. Y cuando por fin llegó a casa, dicen los versos de Homero, no pudo evitar un gesto de decepción al encontrar una isla pequeña y empobrecida, muy lejana de la próspera e imponente ciudad que él idealizaba tras veinte años fuera de casa.
Otro gran poeta griego, Constantino Cavafis, recuperó esa idea y consideró que Ulises se había equivocado al decepcionarse de Ítaca cuando regresó a casa. Porque, después de todo, la simple idea de Ítaca, la idea de un hogar, de una familia, de un lugar en el que pudiera sentirse cómodo, esa idea, lanzó a Ulises al mar para llevar a cabo un viaje repleto de aventuras y conocimiento. Por eso, decía Cavafis, Ulises debía estar agradecido con Ítaca, con esa idea que le motivó a iniciar un viaje que ningún otro mortal había emprendido antes.
Esta tarde yo les recomiendo lo mismo que Cavafis a Ulises. Ya inmersos en este maravilloso viaje que son sus vidas, deseen que el camino sea largo. Tengan una meta clara, pero no apresuren el paso.
Mejor que dure muchos años,
y ya anciano recales en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que te dé riquezas Ítaca.
Ítaca te dio el viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene más que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó.
Así, sabio como te hiciste, con tanta experiencia,
comprenderás ya qué significan las Ítacas.
Sean viajeros, no turistas. Nutran su historia en Snapchat, pero dense tiempo para encontrar trascendencia. Asuman que la vida es sinónimo de misterio y no permitan que esa verdad los asuste. Busquen estabilidad, pero asuman que ningún cambio importante se ha logrado simplemente esperando que ocurra. Y disfruten, desde luego. Tienen motivos de sobra para asumir que el viaje será placentero. Y si no lo es, si las aguas se enturbian o algún vendaval amenaza su barca, recuerden que tienen en nosotros, sus padres y profesores, a navegantes experimentados dispuestos a lanzarles un salvavidas.
Muchas gracias por habernos permitido compartir estos años con ustedes. Ha sido una aventura extraordinaria. Les deseo el mejor de los éxitos.

viernes, agosto 25, 2017

Queridos jóvenes: es mejor no leer

Alessandro Baricco
No tengo ninguna duda de que el placer de leer, así como la cultura del libro, están fuertemente relacionados a una derrota. A una herida y a una derrota. Sobre los libros no tengo dudas. Sobre la música, teatro, cine, puede ser más problemático.
Leer es siempre la revancha de alguien que en la vida fue ofendido, herido. Me parece que leer libros es una manera inteligentísima de perder. Relacionado a una especie de renuncia a combatir sobre el campo. No sé si esto tiene alguna relación con la “humanidad ofendida”, de la cual escribía Adorno. Sé que la gente de libros es, por lo general, gente que sufre.
Existe una tendencia a ser sumergido por esta sensación de desequilibrio. Y es verdaderamente peligrosa.
Lo que pensaban de la novela en el siglo XIX las personas de buen sentido, es decir, que era peligrosa, es verdad; y está bien que en el origen de la novela así haya sido percibido. Lo entendieron rápidamente los médicos que prohibían a sus esposas la lectura de novelas, en la pureza áurea de aquel objeto —la novela— entendían una cosa que a nosotros actualmente nos parece ridícula. Pero era verdadera en aquel entonces y permanece como algo que tiene que ver también hoy con la experiencia de leer.
Para ser prácticos, veo a estos muchachos de 16 años que pasean, y que han leído todos mis libros, o bien demasiado Kafka o demasiado Dostoievsky. Los veo. Y cuando me preguntan qué deben hacer, sólo una cosa me llega a la cabeza: “Váyanse a jugar con el balón, tiren los libros, paseen. Córtense los cabellos, píntenselos de verde. Hagan algo. Busquen estar en el adentro. No afuera. Después de ello, regresen a los libros, por caridad, pero no se dejen imbuir”.
Si pienso en los jóvenes de hoy, en lo que leen y lo que no leen, y si desde nuestra experiencia de Tótem puede surgir alguna luz sobre esto, me vienen a la cabeza algunas cosas.
Antes que nada, se necesita una gran disposición de nuestra parte para entender que la geografía del sentido de estos jóvenes es objetivamente distinta de la nuestra. Y no por un proceso de “vulgarización” o “denigración” de aquello que es noble. En lo absoluto. Será noble como la nuestra, pero será distinta.
No se puede pretender que los Quartetti de Beethoven cubran, en la geografía de la inteligencia de estos jóvenes, la misma parte que han cubierto en la geografía de nuestra inteligencia. Y no precisamente por un proceso de degradación. No, simplemente porque la geografía cambia.
Si nosotros, cada vez que se pierde un pedazo de la geografía que nos ha generado, nos ponemos a pensar que ésta es una pérdida estéril del mundo, y si nosotros debiéramos ser así de idiotas para pensar esto en un modo apriorístico y dogmático, no se abrirá jamás un diálogo con estos jóvenes.
Debemos entender que su geografía será igual de noble que la nuestra, y además podría ser más noble, si no existiera ningún vestigio de la nuestra.
Allá donde en nosotros existía un puerto, en ellos no existe nada. Han dejado todo al nivel del suelo para dar vida a un gran estacionamiento. Y nosotros debemos tener una gran e inmensa inteligencia para no despreciarnos por el hecho de que hay un estacionamiento donde había un río, sino entender, antes que nada, toda la geografía. Y pensar —casi como un acto de fe— que nuestra geografía será igual de noble que la de ellos. Porque de hecho es así. Porque a final de cuentas, en los últimos Quartetti, ¿qué criticaba Beethoven? Era el mundo en movimiento. Después, la forma en la cual se puso en movimiento, porque nunca estuvo en nuestras manos elegir dicha forma.
La única cosa que debemos odiar es la inmovilidad. Porque es la muerte, es la dictadura, es el mundo en pausa.
Pero si el mundo comienza a vibrar, necesitamos después, de vez en vez, entender la forma de esta vibración, que no podrá ser siempre la misma.
El problema de la lectura, a final de cuentas, es esto. Si partimos del supuesto de que cada joven que no lee es una pérdida para la civilización, partimos de un supuesto erróneo. Estúpido. No es del todo cierto que, dentro de 150 años, la lectura será el modo, la forma más apta para la creación de sentido, para aprehender la vitalidad de lo real. Sin embargo, ¿esto quiere decir que no se puede hacer nada, que no podemos hacer nada, para transmitir a un joven el sentido de aquello que para nosotros es noble? Nada en absoluto. Nada es grandioso si uno no es capaz de explicar el porqué lo es.
Si los Quartetti de Beethoven son grandiosos sólo porque son los Quartetti de Beethoven, y uno no parte de cero, y no sabe explicar el porqué, aquella grandeza está acabada. Deviene en una imposición, justo a lo que un joven siempre se rebela.
Cuando los jóvenes se rebelan a la lectura únicamente porque les viene dada como un valor inexplicable, porque es mejor que jugar Playstation, es necesario preguntarnos si alguno les ha explicado de manera convincente por qué es mejor. Aparte de que se trata, evidentemente, de una cuestión abierta —no sabemos todavía bien qué cosa sucede en aquel nuevo mundo de mensajes visivos, sensibilidad, velocidades distintas a la nuestra—, es por eso que los jóvenes viven la lectura como una agresión a sus valores.
El libro y el videojuego desde el inicio resultaron contrapuestos. Entonces, o estamos en condiciones de explicárselos, o bien estamos haciendo algo que los alejará más.
En cambio, el desafío es que a alguien que juega con el Playstation le cuentes el Cyrano, y que, de pronto, te escuche. Pero no le puedes decir: "¡Ve al teatro! A ver un Cyrano de Bergerac doctísimo y aburridísimo". Así, nos la jugamos todos, ¡uno después del otro!
Esto nos ayudará también a entender qué cosa está todavía viva y qué cosa está muerta. Cuando, en resumidas cuentas, no puedo explicar a los jóvenes en la escuela Holden, por qué creo que El hombre sin atributos de Musil es un libro para leer, cuando advierto que me canso cada vez más, que cada vez tengo menos credibilidad, y que no logro convencerlos, no sólo quiere decir que no soy lo suficientemente bueno. Sugiere también que quizás, en la nueva geografía que está naciendo, El hombre sin atributos no es un libro importante. Esto es algo muy probable, de lo cual no debemos espantarnos. No lo digo para provocar. Los músicos que Rossini admiraba en su oficio se llamaban Mozart, Haydn, pero otros tenían nombres que hemos olvidado por completo.
Las geografías cambian. Quizá El hombre sin atributos no es importante por siempre. Lo ha sido para mí, para mi generación, pero cuando se comienza a no saber explicarlo, cuando percibes que no te creen, es mejor buscar entender qué cosa está pasando, cuál es la nueva geografía que está naciendo.
Y prepararse para tomarla.
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Extracto del texto leído por el autor el pasado 15 de mayo en la Feria del Libro de Turín, en un panel dedicado al tema de la lectura y recientemente publicado en el libro Totem. L'ultima tournée (Einaudi, 2003).
Traducción de Israel Covarrubias

sábado, agosto 12, 2017

No estamos preparados para Sarahah (y probablemente nunca lo estaremos)


Desde hace aproximadamente una década, tras el advenimiento de Facebook (2004), Twitter (2006) e Instagram (2010) los usuarios de redes sociales hemos aceptado como parte de nuestra cotidianidad un verbo (peor: dos) que antes eran si no tabú, al menos sí socialmente cuestionables: acosar y acechar, que en inglés se dice stalk y que castellanizado se escribe estoquear. Es un virus que tenemos inoculado y que las redes sociales no han hecho sino potenciar.
Tengo contacto regular con gente desde los diez hasta los 65 años, y no conozco a nadie en ese rango de edad que no haya estoqueado o sido estoqueado. Todos hemos entrado a ese juego y pasado tantas horas viendo perfiles de otros como ellos las han pasado hurgando en nuestras vidas digitales. Sin embargo, el trato es justo en tanto ambas partes saben a qué juegan (puedes ver mis fotos si me dejas ver las tuyas) y pueden decidir retirarse (bloqueando o eliminando contactos) si se sienten agredidos o intimidados. Pero para que esto ocurra, claro, debe cumplirse una condición que no ofrecen las apps de mensajes anónimos como AskFm, Gossip, Secret, YakYak y, en semanas recientes, Sarahah: la condición de que sepas quién escribe el mensaje que te acaba de llegar.
Este es precisamente el punto de inflexión: la diferencia entre el estoqueo y el acoso. Facebook, Twitter, Instagram y Snaphat (entre otras) favorecen el estoqueo. No sé si eso sea bueno o malo, pero sí sé que, al menos, es justo. Porque nadie puede estoquearme en Facebook si yo no lo hice amigo mío en esa red social. Y puedo decidir que ese alguien, si me molesta o incomoda, no forme parte más de ese círculo en el momento que yo quiera. Y él tiene el mismo privilegio de control en su respectivo muro. Algo análogo ocurre en las otras redes sociales mencionadas.  El acoso es diferente.
Según la psicóloga Emma Short, de la Universidad de Bedfordshire, el acoso implica hacer contacto con alguien que no lo desea, o que se siente incómodo con ese contacto. Y es precisamente lo que ocurre con aplicaciones de mensajes anónimos. Porque después de unos cuántos halagos llegan los comentarios maliciosos o francamente perversos. Y la aplicación lo único que puede hacer es “promover comentarios constructivos”, aunque al final la responsabilidad final es del usuario (el que escribe el mensaje y el que abrió su cuenta en esa red social dispuesto a recibir mensajes anónimos).
El diseñador de la aplicación, ZainAlabdin Tawfiq, declaró que la concibió para que los empleados de una empresa pudieran enviar comentarios constructivos a sus jefes. Luego pensó (¡gran idea!) que lo mismo querríamos hacer millones de personas, pero no sólo con nuestros jefes y con nuestros amigos y conocidos sino, literalmente, con cualquier persona que conozca nuestro nombre de usuario en la aplicación. Me asombra la ingenuidad de Tawfiq. Basta con asomarse al libro de sugerencias de cualquier restaurante para darse cuenta de que la naturaleza humana no tiende a sugerir y mucho menos a halagar, sino a criticar despiadadamente. Por envidia, coraje, resentimiento, inseguridad o todas las anteriores, es mucho más probable que una persona se queje de algo que no le gusta de ti a que reconozca algo que has hecho bien. Y en las redes sociales ni siquiera es necesario que esa persona te conozca un poco. Basta con que se haya cruzado contigo en algún momento para que se sienta con derecho a decir cualquier cosa que le dicten sus intestinos.
La oferta de Sarahah no es nueva. Antes de ella tuvimos YikYak (2013-2017) que en 2016 presumió la recaudación de más de 70 millones de dólares de inversionistas que finalmente se retiraron ante el creciente número de personas que usaban la plataforma para insultar o acosar. Algo similar ocurrió antes con AskFm (2010 a la fecha), muy popular hace algunos años, pero cuya mayoría de perfiles acumula meses sin actualizar.
Si creemos a su fundador, la oferta de Sarahah es noble. Un espacio abierto para que la gente que nos rodea nos exprese generosamente su agradecimiento, admiración y, en el mejor de los casos, comentarios que nos enriquezcan y mejoren como personas. Pero la psicología juega contra las posibilidades de éxito de una aplicación así. Philip Zimbardo explica profusamente en El efecto Lucifer (2008) que ―aunque resulte descorazonador― el anonimato no es positivo en nuestras relaciones con otros. Cuando se nos da la garantía de que no se sabrá que escribimos un mensaje o realizamos una acción, es más probable que enviemos un insulto a que mandemos un aplauso; es más factible que lancemos un golpe a que entreguemos un abrazo. Bajo condición de anonimato somos más propensos a convertirnos en El Guasón que en Batman.
Remato con una idea original de Katie Notopoulos. Lo que ofrece Sarahah es tensión. Estrés. El que causa preguntarte quién escribió eso que leíste (bueno o malo). Y, a diferencia de Katie, yo no acepto ese estrés. Tengo bastante con tres redes sociales activas, que me distraen más de lo que estoy dispuesto a reconocer, como para empezar a lidiar con oootra en la que me dejen mensajitos quejándose de mí, o felicitándome por algo. Si una persona tiene algo bueno o malo qué decir de mí, cuenta con medios para expresarlo por vía directa. Si decide no hacerlo, no considero que valga la pena enterarme de eso.

jueves, junio 22, 2017

#EnMangasDeCamisa 21

Ya en línea el nuevo episodio del podcast En Mangas de Camisa, en esta ocasión grabado en Liverpool, Inglaterra. Les comento algunas de las cosas que me han llamado la atención de este importante puerto británico. También incluyo invitación al círculo de lectura ergozoom, que iniciará el próximo mes. 

Las ideas musicales son de David Byrne ("Desconocido soy") y Peter Gabriel ("Solsbury Hill").

¡Muchas gracias por escuchar y compartir! 

Escucha"En Mangas De Camisa 21" en Spreaker.