sábado, diciembre 29, 2012

El derecho a la infelicidad

Hasta hace unos días había pensado que el sentido de la vida se encontraba en la búsqueda de la felicidad. No divagaré sobre el significado de esa palabra, pues no es la intención de este post. Lo que intento decir de entrada es que para mí siempre había sido obvia la respuesta a la pregunta: ¿Cuál es el sentido de la vida? Intentar ser felices, respondería. Siempre había pensado que ésa era la única opción. Que no ser feliz no era alternativa, y mucho menos una alternativa consciente

Pero hace algunos días me topé con una idea absolutamente contrapuesta a ésa. Estaba viendo el primer capítulo de Gossip Girl, esa serie de televisión que relata la vida de un grupo de adolescentes millonarios en Nueva York. Habrá tiempo para comentar la serie en otro post. De momento me quedo con el diálogo de dos personajes. Recuerden que son: 1) adolescentes, 2) millonarios y, para el caso, 3) varones. Están en Central Park, fumando, y uno (Nate) está notablemente conflictuado. El otro (Chuck) le pregunta qué le pasa. El diálogo es más o menos como sigue (la traducción es mía):

Nate: ¿No sientes a veces que nuestras vidas están planeadas por otros? ¿Que vamos a terminar igual que nuestros papás?
Chuck: Wey, ése es un pensamiento espantoso.
Nate: ¿Y no tenemos derecho a elegir... ser felices?
Chuck: Tranquilo, Sócrates. A lo que nosotros tenemos derecho es a mucho dinero, quizá una casa en los Hamptons, un problema con drogas legales... Pero la felicidad no parece estar en el menú. Así que sigue fumando y cierra el trato con Blair (su novia), porque también tienes derecho a disfrutar de ese trasero. 

Nunca hasta ahora había pensado que hay gente que renuncia a ser feliz de manera consciente. Que asume que sacar esa opción del menú es, simplemente, el precio que hay que pagar por lo que tiene o va a tener aunque ello implique que otros decidan qué estudiar y dónde, qué tipo de amigos convienen y cuáles no, e incluso de quién es pertinente ser novio o esposo a costa, desde luego, de sacar también del menú ese incómodo y errático concepto llamado "amor". 

Así que al final se sacrifican la libertad, la felicidad y el amor por, siguiendo las palabras de Chuck, mucho dinero (mucho, en verdad), una casa en un fraccionamiento de lujo, la oportunidad de evadirse con drogas, alcohol y otras chucherías por el estilo y, claro, poder disfrutar todos los traseros que el dinero pueda comprar (que, asumo, son también bastantes y de buena calidad).

Un par de días después me topé con este video en el que el filósofo británico Alan Watts reflexiona en torno a su experiencia con alumnos a los que asesoraba en su camino a la universidad:
  

No creo en verdades universales. Por eso no me atrevo a juzgar a las personas que, como Chuck de Gossip Girl, deciden hacer del dinero y el glamour su razón de ser. Lo que sí puedo decir es que no lo entiendo. Suscribo cada palabra del discurso de Watts y me parece desconcertante, por decir lo menos, que alguien  renuncie conscientemente a los valores que desde mi perspectiva hacen que la vida tenga un poco de sentido. (Supongo que lo mismo pensarán de mí los Chucks que lean este post. Pero ésa es otra historia). 

Concluyo con algo que me dijo Arturo Pérez-Reverte cuando lo entrevisté a propósito de la publicación de La reina del Sur: "Hay dos cualidades que respeto mucho en la gente. No quiere decir que las tenga yo, pero sí que las respeto en los demás y trato de tenerlas para mí mismo. Son la dignidad y el valor. Ninguna la puedes comprar con dinero. Y mira que con dinero puedes comprar casi cualquier cosa: mujeres, amigos, fama... hasta felicidad. Porque con dinero puedes comprar momentos felices, pero no puedes hacerte de dignidad y valor. Pasé más de 20 años en guerras viendo lo mejor y lo peor de los seres humanos y puedo decirte que la vida se pasa más o menos bien si cuentas con esas dos cosas entre lo que llevas a mano: dignidad y valor". 

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Aprovecho para desearles, sí, un feliz 2013... O que, al menos, éste los encuentre plenos de dignidad y valor. :-)

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Para saber más --> "Why Millennials Want To Be Rich", texto de Nona Willis Aronowitz publicado en el sitio web GOOD. 

sábado, diciembre 22, 2012

Por qué las Humanidades


Mi papá recuerda que siendo yo niño, cuando me hizo la pregunta de qué quería ser de grande, le respondí “escritor”. No recuerdo ese momento, pero sí sé que desde que estaba en preparatoria tuve la intención de estudiar una carrera relacionada con Humanidades. En ese momento mi elección fue Filosofía y, tras una amarga experiencia en la Universidad Panamericana, me decidí por estudiar Literatura y Ciencias del Lenguaje.
Desde entonces y hasta la fecha (y ya han pasado casi tres lustros de aquello), me he enfrentado a comentarios escépticos (por decir lo menos) respecto a las posibilidades que ofrece esa área profesional en la obtención del éxito. Podría disertar largamente sobre lo que unos y otros entendemos por éxito, pero ahora deseo concentrarme en las cejas arqueadas que ofrecieron como respuesta algunas de las personas a quienes compartí mi decisión de dedicarme a las Humanidades y que, intuyo, sigue siendo la respuesta que dan a las nuevas generaciones que cometen el mismo "error". 
En el mejor de los casos la actitud es de tolerancia. Se presenta en forma de comentarios del tipo: “¿Ya lo pensaste bien?”, “Si te gustan esas cosas puedes tomarlas como pasatiempo” o finalmente el desilusionado: “Si ya lo decidiste, pues ni hablar”. Hay en estos casos una velada resignación que no se da en otros, en los que se debe lidiar con la prohibición expresa de la familia de estudiar alguna carrera ligada a las artes o las Humanidades. (No fue mi caso, afortunadamente, pero conozco a una persona a quien prohibieron en su casa estudiar Teatro porque ésa, le dijeron, era una carrera "para drogadictos y maricones"). 
Es en este contexto en el que traigo a cuenta mi reciente lectura del libro Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las Humanidades, de la filósofa estadounidense Martha C. Nussbaum. Durante muchos años viví con la idea de que dedicarme a las humanidades era poco menos que un capricho. Si bien es cierto que disfruto inmensamente mi trabajo, hasta ahora siempre lo había hecho con un dejo de  culpa por la "irresponsabilidad" que significar dedicar la mayor parte de mi tiempo a actividades que otros consideran un hobby glamoroso pero no algo "productivo" o "de provecho". En años recientes, tras mi incursión en la docencia, he escuchado a gente preguntarme cuándo conseguiré otro trabajo (asumiendo que ser profesor es necesariamente un empleo temporal, "mientras sale algo mejor"). Otros han sido más directos y me han dicho que estoy desperdiciando mi talento dando clases en preparatoria.  
En fin, hace poco llegó a mis manos este libro de Nussbaum y me pareció reveladora la tesis del mismo. La autora parte del supuesto de que las Humanidades no son un lujo, sino una necesidad. Que no se trata de ningún favor de los empresarios estadounidenses el hecho de que varios de ellos mantengan con sus donaciones algunos de los departamentos de humanidades más connotados de universidades públicas y privadas en todo el país. Que no es una graciosa concesión del Estado el hecho de que mantenga con recursos de los contribuyentes compañías de teatro y danza, museos o sellos editoriales cuyo objetivo no sea ganar dinero sino producir materiales culturalmente valiosos y asequibles al gran público.
Nussbaum es catedrática en la Universidad de Chicago, pero lo ha sido también en Oxford y Harvard, por lo que conoce bien el sistema educativo estadounidense. Pero también conoce con soltura el sistema educativo indio, producto de largas estancias como estudiante y profesora en ese país, y ello enriquece su punto de vista al considerar que los valores democráticos son puntos de referencia ineludibles de sociedades tan disímiles como la estadounidense y la india. Entre esos valores, fundamentales lo mismo  en democracias occidentales que orientales, encontramos la tolerancia, el respeto a los derechos humanos, la igualdad de oportunidades y, en general, el anhelo de una sociedad justa (o por lo menos no tan injusta).
En ambos casos, dice nuestra autora, medir el índice de desarrollo a partir de indicadores como el Producto Interno Bruto ofrece una perspectiva al menos incompleta:
Éste siempre fue el primero y el principal de los conflictos con el paradigma del desarrollo basado en el PBI per cápita: se trata de un paradigma que deja de lado la distribución y puede llegar a calificar positivamente a las naciones o a los estados donde se registran niveles alarmantes de desigualdad. En el caso de la educación, ese fenómeno es muy real: dada la naturaleza de la economía de la información, los países pueden aumentar su PBI sin preocuparse demasiado por la distribución en materia educativa, siempre y cuando generen una élite competente para la tecnología y los negocios.  (Nussbaum, 41-42)
El desarrollo social, nos dice, no puede reducirse a la rentabilidad económica de una persona, una ciudad o un país. Pero no sólo porque “esté mal” desde una perspectiva moral o ética sino porque ni siquiera desde el punto de vista del sistema económico y político resulta conveniente. Dicho de otra manera, al sistema no le conviene formar ciudadanos que no reconozcan en el otro el mismo derecho a existir que el que uno tiene. Contra lo que pudiera pensarse desde una perspectiva simplista, al capitalismo no conviene formar ciudadanos deshumanizados, ajenos a las nociones de libertad y justicia que las sociedades democráticas mantienen en primera línea de batalla:
A mi juicio, cultivar la capacidad de reflexión y pensamiento crítico es fundamental para mantener a la democracia con vida y en estado de alerta. La facultad de pensar idóneamente sobre una gran variedad de culturas, grupos y naciones en el contexto de la economía global y de las numerosas interacciones entre grupos y países resulta esencial para que la democracia pueda afrontar de manera responsable los problemas que sufrimos hoy como integrantes de un mundo caracterizado por la interdependencia. (Nussbaum, 29)
Desde esta perspectiva, la formación humanista es fundamental en una sociedad que proclama valores democráticos como la base de su sana convivencia. Y esto no se reduce exclusivamente a una idea políticamente correcta pues, como dice Nussbaum, atañe a las más pragmáticas de nuestras decisiones: "La mayoría de nosotros no elegiría vivir en una nación próspera que hubiera dejado de ser democrática”. Esto ocurre incluso y sobre todo en el corazón de las sociedades capitalistas occidentales, es decir, en los Estados Unidos, donde debería resultar impensable que el único o el más importante rasero social sea el desarrollo económico. Hechos como el de hace unos días en una escuela primaria en Newtown, Connecticut, donde un joven de 20 años asesinó a 27 personas, incluidos 20 niños, ponen énfasis en esta realidad: no basta con sociedades prósperas en las que el ingreso económico per cápita esté garantizado (Newtown es todo excepto una comunidad pobre o perdida en el mapa: su población es de clase media alta y se encuentra a sólo una hora de camino de Manhattan): es necesario también que estas comunidades sean auténticamente humanas y esto no se logra sólo garantizando la posibilidad de adquirir un automóvil o pagar una casa con jardín.[1] Es cierto, trabajamos y vivimos en buena medida para procurarnos esos satisfactores, pero los artículos de primera necesidad son intangibles y no se producen en serie: es indispensable que los “produzcan” seres humanos a través de sus actitudes y acciones cotidianas.
Nadie en su sano juicio podría considerar que estas actitudes y acciones son prescindibles, irrelevantes o reductibles al punto de pasatiempos a los que se pueden entregar quienes tengan su vida económicamente resuelta. Tampoco se puede admitir que estas actividades, trascendentales para la estabilidad social de una comunidad, queden en manos de personas que consideren su trabajo algo temporal ("mientras sale algo mejor") en instituciones a las que se regateen recursos materiales, humanos y económicos para desarrollar sus tareas más básicas. Es indispensable dignificar tanto a las Humanidades como a aquellos que las cultivan. 
Ser humano es al menos tan importante como ser exitoso. Y la tarea no se puede postergar hasta el momento en que el exitoso pueda pagar un automóvil de modelo reciente o firme la hipoteca de su casa. Igual o más urgente es que tenga entre sus herramientas vitales nociones claras de libertad, justicia y solidaridad, entre varias otras sin las cuales la convivencia humana es poco menos que imposible.
Lo dijo Erich Fromm en El corazón del hombre:  
Si el hombre se hace indiferente a la vida (…) entonces su corazón se habrá endurecido tanto que su “vida” habrá terminado. Si ocurriera esto a toda la especie humana, la vida de la humanidad se habría extinguido en el momento mismo en que más prometía. (Fromm, 179)
Después de acontecimientos como los de Newtown, suceden una tras otras las imágenes de dolor y repudio a la violencia, las velas encendidas, las fotos de cada una de las víctimas, las notas escritas a mano en el lugar de la tragedia, las banderas a media asta y el Presidente del país más poderoso del mundo enjugándose una lágrima en la Casa Blanca. ¿Cómo evitar que la sociedad contemporánea se defina por la codicia obtusa y la docilidad intelectual? ¿Cómo garantizar la formación de ciudadanos críticos que procuren comunidades libres y dignas? ¿Cómo formar seres humanos íntegros cuyos parámetros de convivencia social sean la igualdad y el respeto por los demás? ¿Cómo evitar tragedias como las de Newtown, Darfur, Acteal... y tantas otras con las que debemos lidiar día a día? Parafraseo a Gandhi: no hay un camino para las Humanidades, las Humanidades son el camino.

Bibliografía
Fromm, E. (1983). El corazón del hombre. México: Fondo de Cultura Económica. 
Nussbaum, M. (2010). Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las Humanidades. Buenos Aires: Katz.
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Para hacer zoom --> "Más competitivos, menos humanistas", reportaje de Tereixa Constenla publicado en la edición digital del diario español El País el 28 de diciembre de 2012. Y también "In a Crisis, Humanists Seem Absent", reportaje de Samuel G. Freedman publicado en la edición digital del New York Times en la misma fecha.



[1] Sobre este punto en particular y a raíz de la matanza en Newtown me llamaron la atención las palabras de una vecina del joven asesino, que declaró: “Aquí vivimos de manera aislada, apenas tenemos trato los unos con los otros a no ser que coincidas en la parada de autobús escolar para dejar a los niños”. Sería demasiado fácil reducir las motivaciones del asesino a una falta de contacto humano, pero me parece que sería igualmente equivocado eliminar a priori este factor de la ecuación. 

martes, diciembre 18, 2012

domingo, diciembre 02, 2012

"Es la realidad..."


Es posible que la noticia haya provocado en los pragmáticos neoliberales su reacción habitual y fatalista siempre en favor de los poderosos. "Es triste, pero ¿qué se puede hacer? Ésta es la realidad." La realidad, sin embargo, no es inexorablemente ésta. Es ésta como podría ser otra y para que sea otra es que los progresistas necesitamos luchar.

Paulo Freire, pedagogo brasileño (1921-1997), en Pedagogía de la autonomía: saberes necesarios para la práctica educativa.

domingo, noviembre 25, 2012

Tres razones para no creer

"Pero en fin --me pregunta un participante--. con ocasión de un debate, ¿usted que está tan próximo a la  tradición cristiana, tan manifiestamente marcado por los Evangelios, ¿por qué no cree en Dios?". Mis razones son innumerables. Pero, esa noche, tres me parecieron suficientes.

La primera, la más banal, la más poderosa, es la inmensidad del mal. Demasiados horrores, demasiados sufrimientos, demasiadas atrocidades. ¿Por culpa de los hombres? A menudo, sí, pero no siempre. La naturaleza no tiene piedad. El mundo no tiene piedad. ¿Cómo podemos imaginar que un Dios haya creado los terremotos, las enfermedades, el sufrimiento de los niños, la decrepitud de los ancianos? O Dios no es bueno o no es todopoderoso. Pero si carece de poder o de bondad, es pues imperfecto: entonces ¿todavía es un Dios?

Mi segunda razón sería que los hombres por sí mismos, tal como están constituidos, son más ridículos que malvados. Me conozco demasiado y me estimo demasiado poco para imaginarme que un Dios haya podido crearme. ¿Hace falta una causa tan grande para un efecto tan pequeño? ¿Tanta grandeza, para tanta mediocridad? Diríase que de esta mediocridad, soyo yo el responsable, y que es a mí a quien hay que atacar, no a Dios. Puede ser. Pero ¿quién me ha hecho lo que soy? Y ¿valen mucho más los demás? No soy tan humilde como para creerlo, ni veo, siendo lo que soy, cómo habría podido hacerlo mucho mejor de lo que lo he hecho. Intento ser un hombre decente y seguramente no soy el peor. Pero un hombre decente, ¡qué poca cosa es, qué vano, qué ruin! ¿Cómo podemos imaginar que un Dios haya querido esto?

La tercera razón, cuando la enuncio, sorprende a veces todavía más. Lo que me impide creer en Dios es que yo prerferiría que existiera. ¿Y quién no? ¿A quién no le gustaría que un Dios todopoderoso regulara el curso de las cosas, recompensara a los buenos, amparara a los pobres, castigara quizás a los malvados? ¿A quién no le gustaría ser amado? ¿Quién no desearía, como dice el Cantar de los Cantares, que el amor fuera tan poderoso como la muerte, más poderoso que ella incluso? ¿Quién no desearía el triunfo último de la paz, de la justicia, de la vida, del amor? ¿Y cómo lograrlo, sin un Dios? La religión se corresponde exactamente con nuestros más fuertes deseos, que son el de no morir, o no definitivamente, y el de ser amados. Es una razón para desconfiar de ella. Una creencia que se corresponde tan bien con nuestros deseos, es del todo lógico pensar que ha sido inventada para esto, para tranquilizarnos, para consolarnos, para satisfacernos al menos por adelantado. Es la definición de la ilusión, "una creencia derivada de los deseos humanos, decía Freud, lo que me parece, igual que a él, que se corresponde maravillosamente con la religión. Vivir en la ilusión es tomar los propios deseos por la realidad. Sin embargo, nada, por definición, es más deseable que Dios. Nada, pues, es más sospechoso de ser una ilusión que la fe en su existencia. Que yo desee a Dios, como todo el mundo, es, en consecuencia, una razón suplementaria para no creer en él. Dios es demasiado hermoso para ser verdadero.

En resumen, tengo tres razones para no creer en Dios, y son tres virtudes: la compasión, la humildad y la lucidez. A pesar de que, ciertamente, no las demuestro siempre en la vida cotidiana, ni de que toda fe es engañosa. Pero, para un ateo, ya es bastante poder serlo por unas buenas razones.

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André Comte-Sponville, El placer de vivir. (Paidós, 2011)

jueves, octubre 04, 2012

35 años de 'La Tía Julia'

Me pasa con más frecuencia de la que estoy dispuesto a reconocer que olvido haber leído un libro. Es un poco vergonzoso aquello de haberlo firmado en la última página y pocos años después (a veces sólo algunos meses) no recordar de qué iba el libro. Supongo que el desaguisado puede atribuirse a mi falta de atención durante la lectura, hecha de manera descuidada y superficial. 

El caso es que con La Tía Julia y el escribidor, de Mario Vargas Llosa, me ha ocurrido no una sino dos veces. Dos veces tuve la sensación (qué digo la sensación, ¡la certeza!) de que había leído el libro y al final resultó que no, que no recuerdo el final de la novela. Es bochornoso. En mi favor diré que hasta esta noche el libro no tenía mi firma al final, de tal suerte que, según mis códigos/manías, nunca lo había terminado de leer completo. Al menos no oficialmente

Lo importante es que ahora lo he terminado (no sé si por primera o por tercera vez) y puedo confirmar mi gusto por las letras vargasllosanas. Es La Tía Julia una pequeña obra maestra en términos de estructura y lenguaje, pero también en cuanto al discurso metaliterario (mezcla de realidad con ficción) y la posición paradójica, compleja y fascinante que el autor/narrador establece respecto a lo que representa Pedro Camacho: el primer escritor profesional que Vargas Llosa conoció, quizá el peor de todos los que ha conocido, y al mismo tiempo uno al que se le presenta respeto y atribuye una nobleza que va de la infantil ingenuidad al esperpento esquizoide en 20 capítulos finamente hilados, con un notable manejo de lo que los españoles llaman suspense.

En fin. Mi recomendación es rotunda. En cuanto tengan tiempo de leer (o releer) esta novela, aprovechen y háganlo: este año cumple 35 de haber sido por primera vez publicada y en este lapso se ha consolidado entre lo mejor de las letras iberoamericanas de la segunda mitad del siglo XX. Si se animan, lean con atención. Vargas Llosa es un escritor sumamente hábil, y hace varios guiños a lo largo de la obra, que se disfruta bastante más entendiendo esos gestos de complicidad entre autor, narrador y lector.


domingo, septiembre 30, 2012

¿Piensas que eres feliz? Entonces no lo eres.

Muy cerca de definir lo que considero felicidad. ;-)



(Si lo prefieren, acá pueden encontrar la transcripción de las dos respuestas de Thruman.) 

lunes, julio 30, 2012

Palabra de Hitch


Una de mis lecturas de verano está siendo Hitch-22, el libro de memorias del recientemente fallecido filósofo Christopher Hitchens, quien me abrió las puertas al ateísmo hace algunos años. De ese libro extraigo algunos consejos que dedica Hitch a sus jóvenes lectores, en atención a su (dicen) bien ganada fama de bebedor social:

No bebas con el estómago vacío: el principal sentido del refrigerio es realzar la comida. No bebas si estás deprimido: es una mala cura. Bebe cuando estés de buen humor. El alcohol barato sale caro. No es cierto que no debas beber solo: pueden ser las copas más felices que tomes nunca. Las resacas son otra mala señal, y no deberías esperar que te crean si te refugias diciendo que no recuerdas lo que pasó la noche anterior. (Si de verdad no lo recuerdas, es una señal todavía peor.) Evita todos los narcóticos: te harán más aburrido en vez de menos y no están pensados --como la uva y el grano-- para animar a la compañía. Ten cuidado a la hora de ascender demasiado hacia el escocés de malta: cuando viajes por países duros no será fácil conseguirlo. Ni se te ocurra conducir si has tomado una gota. Es mucho peor ver a una mujer borracha que a un hombre: no sé por qué es cierto, pero lo es. Nunca seas responsable de ello. 

Christopher Hitchens, Hitch-22

domingo, febrero 12, 2012

Avistando el iceberg "Bolaño"


Hace algunos años intenté leer sin éxito Los detectives salvajes. Hace algunas semanas, con ánimo de revancha y buscando material que resultara novedoso para mis alumnos de último semestre, decidí leer Putas asesinas

El libro me ha descubierto a un escritor inteligente, sensible y audaz, que vale la pena leer. Pero también me ha revelado a un autor que a veces se esfuerza demasiado por decir algo callándolo o, en el peor de los casos, por no decir nada escribiendo mucho. Habiendo leído el libro y varias entrevistas a Bolaño, descarto la segunda opción: Bolaño era demasiado bueno como para intentar decir nada. Prefiero atribuir esa incomprensión a mi falta de pericia como lector. Quedamos, entonces, en que el escritor chileno invita a sus lectores a jugar teniendo en mente la Teoría del Iceberg de Hemingway: tan importante es lo que se dice como lo que no se dice. 

En ocasiones el reto es delicioso (caso del relato que da título al libro, uno de los mejores que he leído en tiempos recientes) pero en otras la morosidad es francamente cargante (ejemplo: "Fotos"). Al final el balance es positivo. Nos encontramos ante un escritor que exige de nosotros cultura y creatividad; que no nos imagina apoltronados en un sillón esperando cómodamente la resolución del conflicto; que sabe que el valor de su literatura no está en las respuestas que ofrece sino en las preguntas que plantea. 

Me ha gustado mucho. Aunque también me ha cansado. Creo que mi siguiente lectura será una novela de misterio. Y no estoy hablando de Los detectives salvajes. No todavía. 

sábado, febrero 11, 2012

El mismo, pero no igual


Aquí tenemos al Sherlock Holmes modernizado. No se trata de las películas protagonizadas por Downey Jr. (que tan bien tratadas han sido en este blog). Es un logro notable ése, pero un reto mayor significa ubicar al detective en el Londres del siglo XXI. Un Sherlock con smartphone, un Watson con blog; ambos en una ciudad ultramoderna, excitante y hermosa. El personaje sigue siendo entrañable: culto (sólo en los asuntos que le interesan, es decir, los que conciernen a su trabajo), soberbio al grado de lo detestable ("¿Qué hacen todos los que no son yo? Sus vidas deben ser taaan aburridas"). En dos palabras: complejo y fascinante. 

Sherlock es una serie con sólo tres episodios por temporada, así que en cada capítulo la BBC nos ofrece calidad de cine. Buen cine, desde luego. Nada sobra y todo está minuciosamente cuidado: desde el diseño de arte hasta la partitura de su banda sonora, pasando por las muy buenas actuaciones de los protagonistas Benedict Cumberbatch (Holmes) y Martin Freeman (Watson).

Si les gustan las historias de detectives en la figura de uno que está harto de la banalidad de su profesión (extraña a los criminales "de a deveras"); si quieren acción trepidante, pero inteligente (poca sangre, mucha materia gris) y desean una serie bien narrada y mejor producida, no dejen de ver Sherlock, que se antoja como una buena recomendación para los días bajo 10 grados que se aproximan.  

domingo, enero 08, 2012

Soy tu fan

Por fin me di tiempo de ver esta joyita de la televisión nacional: la primera temporada de Soy tu fan. Y, bueno, qué decirles. Afortunadamente no es novedad el hecho de que OnceTV México nos ofrezca productos de gran calidad (hace unos meses otra de sus series, XY, mereció varios elogios en este espacio) y esta serie no es la excepción.

A muy grandes rasgos, Soy tu fan es la historia de Charly (Ana Claudia Talancón) y Nico (Martín Altomaro). La primera recién salida de una relación muy conflictiva y el segundo flechado al parecer definitivamente cuando la encuentra a ella tristeando en un café. Así, la mesa está puesta para una serie de aciertos y desaciertos en las siempre insondables aguas del amor. No son las únicas relaciones que conocemos: también está la de un actor de telenovelas con su novia (simpático el guiño a RBD con todo y saquitos rojos), la de una mujer madura con un hombre joven y la de un par de "niños bien" que nomás no terminan de casarse...

Da gusto ver cómo está filmada: reconocer lugares, rincones, colores y gente de la hermosa ciudad que es la de México. Apreciar el cuidado en la ambientación, en el vestuario, en la selección musical... 

Los actores son solventes. Destacan, desde luego, los protagonistas, pero hacen gran trabajo otros como Oswaldo Benavides en el papel del patanazo ex novio de Charly (incomprensiblemente amado por ella) y Edwarda Gurrola como Vanesa, una cizañosa gordibuena que agrega mucha pimienta a los capítulos en los que aparece. 

No debe ser fácil filmar con esta calidad en México, mucho menos en la televisión pública; el hecho es que el producto final resulta casi impecable. El único "pero" que le pongo es el ritmo de la narración: me pareció sobremanera acelerado: ocurren demasiadas cosas en muy poco tiempo: como si los guionistas hubieran tenido prisa o les hubieran pedido que resolvieran rápido para mantener la atención del público. 

Un apunte final para que no se despisten: la serie no está pensada para adolescentes. Al principio yo pensé que sí, pero no. Las relaciones que en ella se muestran son de adultos. Jóvenes, sí, pero adultos. 

La recomendación es redonda. La primera temporada lleva un rato en DVD y la segunda, que me dicen supera con creces a su antecesora, está al aire desde octubre. 

miércoles, enero 04, 2012

Elemental, mi querido Sherlock


Cuando cursaba tercer o cuarto semestre de la universidad uno de mis compañeros decidió darse de baja de la carrera. Nuestra generación apenas rebasaba la docena de alumnos, de tal suerte que en las conversaciones posteriores su deserción fue un tema recurrente. En una de ellas un amigo mencionó que lo entendía porque aquel compañero, dijo, era "un hombre de acción". Sus palabras resonaron durante un buen rato en mis pensamientos, porque la conclusión lógica de ese argumento decía que nosotros, los que estudiábamos Letras, éramos entonces lo opuesto a un hombre de acción... lo cual no acababa de gustarme.

Recuerdo con mucho aprecio los libros que tienen como protagonista a Sherlock Holmes. En mis años de pubertad pasé muchas horas leyendo esos relatos que  durante algunos meses se convirtieron en algo cercano a una obsesión. De Holmes me gustaban no sólo su inteligencia y su cultura sino también (y creo que sobre todo) el hecho de que era precisamente eso: un hombre de acción. Buen boxeador, atleta competente, casi siempre acicalado pero nunca dispuesto a encasillarse en el personaje de un intelectual de sillón y pipa (aunque, claro, también lo era).

Por eso me gusta la fanquicia que desde 2009 inició Guy Ritchie: un director astuto pero sobre todo competente al filmar secuencias de acción (de él son las adrenalínicas Lock, Stock & Two Smoking Barrels y Snatch). En esta ocasión repite la dosis de la mano de dos actores brillantes (Robert Downey Jr. y Jude Law) y una notable banda sonora firmada por Hans Zimmer. 

Es posible que haya leído todos los relatos de Sherlock Holmes y reconozco que son muchas (demasiadas, dirán los puristas) las licencias que se toma Ritchie para dotar de actualidad a un personaje clavado en el siglo XIX. Nada qué reprochar: esa literatura, desde sus orígenes, fue hecha para entretener. Y Ritchie, en su adaptación cinematográfica de los textos, hace un trabajo loable en esa línea. Después de todo, si los arqueólogos tienen a Indiana Jones, nosotros tenemos a Sherlock Holmes...    

lunes, enero 02, 2012

A corazón abierto


Hace justo un año leí esta reseña de Open, la autobiografía de Andre Agassi, a la que Xavier Velasco consideró "una rara mezcla de novela intimista y thriller atlético". Respeto mucho a Velasco --como escritor, como lector y como persona-- pero hubo otro ingrediente que hizo atractiva la lectura: Agassi representó para mí una gran contradicción como aficionado al tenis: al principio me fascinó (aunque también me causó rechazo) su insondable rebeldía; al final admiré su madurez y tenacidad.
Por fin llegaron las vacaciones y tuve tiempo para sumergirme en este libro, que inicia con una revelación inusitada: el odio de Agassi al tenis. Y es sólo el principio: a partir de ahí, se construye a sí mismo un personaje entrañable con un padre que desde niño le impuso el destino de ser el mejor tenista del planeta, pasando por su insulso matrimonio con Brooke Shields y terminando con el resurgimiento de su carrera que terminó con más de cinco minutos de ovación de pie en el Arthur Ashe Stadium en Nueva York.
Sorprende de Agassi su honestidad. No le cuesta trabajo asumirse por momentos errático, confundido y egoísta; y trasluce de manera natural, sin impostaciones, su gran calidad humana: al final de su carrera uno de sus principales objetivos fue fundar una escuela, que graduó a su primera generación en 2009. 
También es notable su calidez literaria que, aunada a una narración fluida, hace de éste un libro altamente recomendable no sólo para amantes del tenis sino para cualquier persona interesada en conocer la descarnada historia de un personaje que aprendió por la vía sinuosa que el éxito no suele encontrarse en donde la mayoría de las personas lo busca.