miércoles, mayo 22, 2013

Más respeto, por favor


Deberíamos educar personas capaces de hacer cosas nuevas y no sólo de repetir lo que otras generaciones hicieron.- Jean Piaget

Es una verdad de Perogrullo decir que no hay nada nuevo bajo el Sol. El terreno educativo no es la excepción. A Sócrates, por ejemplo, le sorprendería el revuelo causado por el constructivismo en el siglo XX. Si creemos a Platón, casi 2500 años antes de Glasersfeld y compañía ya había alguien que procuraba que sus discípulos construyeran por sí mismos los andamiajes de su conocimiento.
Hay sin embargo una aportación valiosa y aparentemente auténtica en el siglo XX. Es la de un psicólogo que no basó su carrera en la impartición de clases y desarrolló la mayor parte de su trabajo hace medio siglo. Me refiero a Jean Piaget
Desde la soberbia posmoderna, puede pensarse que este pedagogo suizo ha sido superado, pero basta darse una vuelta por la mayor parte de las aulas mexicanas para darse cuenta de la sorprendente (y en muchos casos también triste) actualidad del legado piagetiano. Uno pensaría, por ejemplo, que por lo menos desde que Piaget advirtió contra el “adultomorfismo” de los niños, éstos ya habrían ganado el respeto intelectual de sus padres y profesores. ¿Respeto intelectual a los niños? ¡Pero qué van a saber los críos! 
Escribe Emilia Ferreiro, cuya tesis doctoral fue dirigida por Piaget:
El niño que Piaget nos invita a interrogar no es un receptáculo sino una fuente de conocimientos. Parece que dice cualquier cosa. Pero hagamos la hipótesis inversa. Desde el punto de vista heurístico, es mucho más rentable suponer que todo lo que dice el niño, todo lo que hace, cuando habla o cuando se calla, está motivado. Busquemos el sentido de sus palabras y de sus silencios. Y sobre todo olvidemos por un momento que nosotros “ya sabemos” las respuestas: finalmente las respuestas interesan menos que el camino para llegar a ellas. (Ferreiro, 2004, p. 23)   
En esta idea subyace una forma completamente revolucionaria de asumir la actividad educativa: los niños no son “adultos pequeños” en espera de que les enseñemos a comportarse, pensar y aprender “como debe ser”.
Para interrogar al niño al modo de Piaget hay que recuperar la curiosidad frente a lo desconocido: la frescura de decirle “no entiendo nada, explícamelo de nuevo”; el deseo de compartir las razones de un modo de razonar, de recorrer nuevamente los senderos de los primeros descubrimientos (senderos que ya no podemos recorrer por introspección) (Ferreiro, 2004, p. 23)
Y, ojo, se trata de un respeto intelectual, no afectivo. No se respeta al niño sólo porque es niño (pequeño, tierno, carne de mi carne, etcétera) se respeta además y sobre todo porque es inteligente y creador.
Al menos en un par de ocasiones le he escuchado al Dr. David Garza, rector del ITESM para la Zona Metropolitana de Monterrey (bastante versado en temas de innovación educativa, por cierto) que los profesores de ahora educamos alumnos del siglo XXI en salones del siglo XX e ideas del siglo XIX. Recuerden si no qué tanto respeto recibieron de sus profesores (intelectualmente hablando, insisto) y dense una vuelta por cualquier escuela para corroborar si la situación ha cambiado de manera significativa en los últimos 20 o 30 años. Para muestra un botón: hace unos días posteé en mi cuenta de Twitter otra idea señera de Piaget: “La coerción es el peor de los métodos pedagógicos”. No pasaron muchos minutos para que recibiera la respuesta de un colega: “Es el peor, pero el que ha dado mejores resultados”. No logro entender cómo se puede entrar a un salón de clases, de cualquier nivel educativo, pensando así. Pero soy consciente de que muchos profesores que se encuentran activos tienen la misma idea… La misma de hace 150 años que asume que el niño (o el adolescente, o el joven) se convierte en ser pensante gracias a los adultos que se lo enseñan. Y si esa asunción ha durado tanto tiempo es porque funciona, ¿no? Como si sólo las ideas buenas sobrevivieran al paso del tiempo.  
No es esta la aportación más importante de Piaget, pero es suficiente para abrir boca. Su vastísima obra incluye decenas de publicaciones, de las cuales sólo una pequeña parte está dedicada a la educación. Además de la biología y la filosofía en su formación inicial, cultivó la epistemología y la psicología. Fue además director de la Oficina Internacional de Educación de la UNESCO entre 1929 y 1968. Entre esta ingente cantidad de trabajo es probable que no recordemos a Piaget por el respeto intelectual que profería a los niños con los que trabajaba, sino por su celebérrima teoría de los cuatro estadios del desarrollo cognitivo que dio lugar al constructivismo, una corriente pedagógica llamada a cambiar la educación del siglo XX y cuyos efectos no terminan de ser asimilados en los primeros años del XXI. Éste pondera la importancia de la actividad del alumno: “Una verdad aprendida no es más que una verdad a medias. La verdad entera debe ser reconquistada, reconstruida o redescubierta por el propio alumno”. (Munari, 1999, p. 317). Esta corriente daría lugar a varios modelos muy populares en años recientes, como la Enseñanza Centrada en el Alumno.
Sin embargo, hace falta recorrer un largo trecho en la formación docente para que estas ideas se practiquen cotidianamente en los salones de clase. Al menos en mi experiencia personal resulta muy desconcertante ver cómo la mayoría de los profesores sigue asumiendo que el respeto es unidireccional: el alumno se lo debe al profesor en forma de obediencia y sumisión. Desde esa perspectiva no hay teoría de inteligencias múltiples que funcione (hace unos meses, mientras comentaba con un profesor un texto de Gardner sobre ese tema, me dijo que él consideraba que ésos eran “pretextos” para justificar el mal desempeño de los alumnos inquietos) ni enseñanza centrada en el alumno que fructifique. De muy poco sirve el constructivismo si los profesores en las aulas no están convencidos de que su trabajo no consiste en enseñar, sino en facilitar el aprendizaje de los alumnos. Y para ello se requiere, desde luego, considerar a los alumnos capaces de realizar ese trabajo. Pero en la pequeñez de muchas mentes adultas esa verdad, palmaria como la demostró Piaget, no tiene cabida. Y sin esos pasos previos, el edificio epistemológico y educativo propuesto por Piaget es indiscernible.   
Bibliografía
Ferreiro, E. (2004). Vigencia de Jean Piaget. México: Siglo XXI.
Munari, A. (1999). Jean Piaget. Perspectivas: revista trimestral de educación comparada, vol. XXIV, 1-2, págs. 315-332.
Rosas, R. y Sebastián, Ch. (2008). Piaget, Vigotski y Maturana. Constructivismo a tres voces. Buenos Aires: Aique.

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